Hay actores que interpretan un personaje y otros que parecen poner toda su historia dentro de él.

En Digger, Tom Cruise hace lo segundo.

Iñárritu construye una sátira alrededor de Digger Rockwell, un poderoso magnate petrolero enfrentado a las consecuencias de sus propias decisiones. Y, como ya hiciera en Birdman, vuelve a jugar con la representación, el ego y esa incómoda frontera entre el personaje que vemos y la persona que creemos conocer detrás de él.

Ahí Cruise resulta particularmente fascinante.

Hay algo de la intensidad que mostró en Magnolia, pero también de aquella capacidad para reírse de sí mismo que vimos en Tropic Thunder. Es como si distintas etapas de su carrera confluyeran en un personaje construido desde el exceso, pero también desde una vulnerabilidad que pocas veces le hemos visto últimamente.

Y Digger tampoco pretende pasar inadvertida.

Puede gustarte, puede irritarte o incluso puede desconcertarte. Pero difícilmente saldrás de la sala sin tener algo que decir. La película ha generado reacciones muy divididas: mientras algunos destacan su ambición y su capacidad para arriesgarse, otros cuestionan precisamente esos mismos excesos.

Y quizás ahí esté parte de su valor.

En un momento en que muchas grandes producciones parecen diseñadas para no incomodar a nadie, todavía hay espacio para películas capaces de provocar conversación, desacuerdo y distintas lecturas sobre una misma historia.

También necesitamos grandes actores y directores dispuestos a correr riesgos.

Digger hace justamente eso.

Iñárritu se arriesga. Cruise se arriesga. Y la película espera que nosotros también lo hagamos.

Porque el cine no siempre tiene que entregarnos respuestas ni dejarnos cómodos. A veces basta con salir de una sala queriendo discutir lo que acabamos de ver.

Y para eso, primero hay que atreverse a verla.

Digger ya está en cines.